LA VIDA EN SUEÑO

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BLOG DEDICADO A LOS QUE VEN LA VIDA COMO UN SUEÑO
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lunes, 5 de mayo de 2008

Barcelona 2008, después del desayuno




Puerto: En una caminata de aquellas que suelo hacer sin fijar un objetivo final, un destino, mirando sin mirar, con el pensamiento en esa constante búsqueda de frases sospechadas de ser poseedoras de un carácter extraordinario, que luego se revelan como espúreas, comunes.

Un poco cansado, mirando cosas aparentes, de dudosa existencia, creaciones de mi abstracto mundo del pensamiento.

Plaza Cristóbal Colón: Llegué a un banco cercano a la plaza, mientras mi abstraída y consecuente mirada observaba el movimiento de los objetos, de las personas, me pareció ver a alguien que se acercaba a aquel Colón de cobre y zinc, el cual parece señalarme que tengo que volver a Menorca. Lo cierto es que en un principio lo que me llamó la atención fue la vestimenta, una túnica blanca por delante y roja en su mitad trasera, un parche en un ojo y un libro en su mano derecha.
La segunda instancia fue ver que se acercaba hacia mi, y a tres metros de distancia, se petrificaba tal cual Colón, con la mano extendida con su dedo índice indicando el lugar donde yo estaba.

Luego de una hora o más, no lo se, me intrigó la actitud, no me pareció que buscara, al igual que en las ramblas, un resarcimiento económico por esa especie de actuación que recorre las calles de la ingenuidad.
Volví a mirarlo, esta vez intensamente, me acerqué para ver su ojo, su petrificada inacción.
Lo observé fijamente, buscando movimiento, sonrisa…no se.

Luego de un momento de cavilación, le pregunté:
Porque?
No hubo respuesta
Insistí - porque lo hace?
Sin mirarme siquiera, dijo: Me acostumbro al rechazo

Siguió sin moverse, mientras yo si lo hacía en dirección al metro. Pensando en la frase aportada, que me llevó a otras, a dilucidar sobre el mundo, sobre su existente y pertinaz intransigencia.
Pensé en el olvido, que llega con más eficacia que el perdón, en la muerte. En acostumbrarse al rechazo, a vivir en un mundo que rehuye. Donde la virtud pasó a ocupar lugares menos inquietantes, menos prodigiosos.

Pensé en que nos adisestramos para vivir así en este tiempo, un adiestramiento que no termina a no ser con el último suspiro, un proceso secuencial que no nos deja otra alternativa que aceptar este mundo tal cual se comporta.

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